Historias Vocacionales

14
Aug

Mi nombre es  Karina, soy de la ciudad de Piura, ubicada al norte del Perú. Es difícil contar una larga historia de 30 años de un inmenso  amor de Dios derramado sobre mi vida, si multiplicamos eso por 365, serían casi 10.950 días, todo ese tiempo siendo amada las 24 horas, ¡ toda una locura¡

Lo que recuerdo de mi niñez es a mi tierna abuelita (ya fallecida) con su famosa palabra que varias veces escuché cuando eran casi el medio día y aún no sabíamos que íbamos a comer : ¡ Ya viene la madre de Dios ¡ y, verdaderamente, llegaba la madre de Dios a través de una tía o de una vecina regalando algo para el almuerzo. Creo que eso ejerció una enorme influencia para aprender a confiar en Dios y para ser feliz en medio de la pobreza.

Mis padres estaban lejos, a los 9 o 10 años, solo recuerdo que mi mamá  tuvo que pasar algunos años en el hospital cuidando a mi papá de una enfermedad grave; cuando regresaron a casa (después de 2 0 3 años)  rezamos varias veces el rosario juntos en agradecimiento a la Virgen que “milagrosamente” había intercedido para salvarle la vida. Siempre me sorprendió mi papá,  cada mañana al salir de casa para su trabajo miraba el cuadro de nuestra Virgencita del Carmen colgado en la pared y se persignaba. Ella es la patrona de nuestro pueblo (Distrito de La Unión – “Corazón de Bajo Piura”), mi papá era socio de la hermandad que celebraba la fiesta…. no olvido jamás esto porque tengo la seguridad que Maria es la “responsable” de mi encuentro con Dios, de mi conversión, de la vocación.

Cuando estaba en la escuela, antes de terminar el nivel básico (primaria) hice mi primera comunión, allí admiraba mucho a mi catequista, ella me animó para entrar en el coro de la parroquia, pero mi papá no me permitía participar, entonces solo iba a las misas los domingos. Cada vez que llegaba  navidad o año nuevo, durante la misa y sola, en mi interior, repetía para Dios : Señor yo quiero cambiar, quiero nacer de nuevo, quiero ser una persona diferente¡. Hice varios intentos de ser mejor hija, mejor hermana; pero muchas veces lloré porque no podía lograrlo.

Un día, en mi último año de estudios en la escuela, llegó una monjita, vestida de hábito negro (me parece que era Dominica), entró a mi aula para invitar a una jornada, y directamente hizo la pregunta Quien quiere ser monja?, entonces, sin saber porqué, yo rápidamente levanté mi mano y dije YO¡… algunas compañeras y compañeros me miraron sorprendidos, yo no supe porque levanté mi mano, y la hna. me dijo, algo así como : Bueno, te animo a que sigas con ese deseo… se fue y nunca más la vi.

continue..

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20
May

Desde pequeña me llamaba la atención la vida religiosa por las hermanas que enseñaban en la escuela donde yo estudiaba.  Pero era hasta que estaba en los últimos años del estudio secundario que tomé en serio mi atracción.  No fue tan fácil decidir porque también tenía un novio que era muy buen muchacho y fácilmente me imaginaba algún día casándome con él y teniendo una familia.  Ya que veo por atrás me siento muy agradecida porque él me apoyaba bastante en mi búsqueda.

Recuerdo compartiendo con un amigo mi deseo de hacer la voluntad de Dios pero no estaba segura como saber lo que era su voluntad.  El me decía con mucha sencillez que lo que Dios más quiere es que yo esté feliz.  Para Dios no hay un mejor camino, menos él que me va a traer la felicidad.  Eso me ayudó mucho a relajarme porque sentía que yo sería feliz siendo religiosa o casada.

Por naturaleza me gusta colaborar y ayudar a los demás.  Siento una atracción especial por la gente sencilla y pobre.  No estaba segura en que manera quería servir al pueblo de Dios pero era cada vez más claro que quería dedicar mi vida para el bien del pueblo.

Decidí entrar con las Hermanas de Notre Dame en 1975, un año después de graduarme del secundario.  Ya había comenzado mis estudios en la universidad.  Durante postulantado me sentía muy en casa con la vida comunitaria porque vengo de una familia grande y tenía mucha práctica en el compartir de responsabilidades de la casa, gozar la presencia de uno al otro y enfrentar los roces que se dan en cualquier grupo.  Cada mes cuando regresaba a la casa para ver a mi familia, venía él que había sido mi novio para ver como me sentía y si iba a seguir con las hermanas.  Hasta el día de hoy somos buenos amigos y yo pude celebrar con él y su esposa cuando se casaron.

Lo que ha enriquecido mi vocación con mayor profundidad ha sido poder conocer, enamorarme y quedarme con el pueblo de América Latina.  Me siento muy en casa y a la vez siempre retada a vivir el evangelio en toda su radicalidad.  El mismo pueblo fortaleza mi compromiso por su entrega en el diario vivir que muchas veces es tan difícil pero lo hacen con una gran alegría.  Su fe profunda y a la vez sencilla en nuestro Dios de la vida que siempre camina con ellos es un testimonio que se vuelve en gracia para mí y me impulsa a decir sí una y otra vez.

Quiero seguir compartiendo este regalo de la vocación a la vida religiosa con otras mujeres que también quieren entregar su vida a Dios a través del servicio al pueblo de Dios, viviendo en comunidad.  Te invito considerar la posibilidad en tu vida.

Agradecida,

Mary Kennedy

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15
May

Yo vengo de una familia muy religiosa por parte de mamá.  Era a través de ella que todos nosotros tres hijos atendimos un colegio católico y recibimos las instrucciones en la fe.  Lo hizo sin mucho apoyo de mi papá con una insistencia infatigable.  Durante mis primeros ocho años de estudios yo conocía las H.E.N.D en nuestra Parroquia, Cristo Rey, en Corpus Christi, Texas,   Siempre admiré la dedicación y sencillez de sus vidas.  Cuando fuera posible, yo fui al convento y colegio para ayudarles con cualquiera cosa y fue atraída a su estilo de vida. Fue en realidad algo misterioso para mí pero siempre me sentía alegre con ellas.  Fue evidente el compromiso a la buena enseñanza y como ellas quisieron hacer lo mejor para nosotros como alumnos.

A pesar de considera otras careras como enfermería y afrontando la pregunta normal sobre mi futuro con los chicos y  la posibilidad de ser madre un día, yo decidí irme a un colegio internado por mis estudios secundarios con el fin de tener mas cercanía con las Hermanas y experimentar algo de la vida comunitaria.  Mi mamá me dio todo su apoyo; mi papa era contra la idea pero después de escucharme llorar tanto y pedir varias veces, el me dio permiso.  Fueron cuatro años de crecimiento durante lo cual yo aprendí mucho sobre mis dones, habilidades y potencialidades.  Yo quede con mi familia durante los tiempos de vacaciones y con mis compañeras y las Hermanas durante el tiempo escolar.  Fueron años de mucha alegría.

Con mis 18 años yo entré la Congregación como postulante en la provincia de Dallas, Texas.  Durante los años de formación hasta mis votos perpetuos yo luché conocer la voluntad de Dios.  Habían muchos momentos de dudas y inquietudes pero siempre salí de cada crisis mas convencida que Dios estaba llamándome seguir a el.

Hoy estoy cumpliendo 40 años de vida religiosa.   He sido profesora, administradora de un colegio, y supervisora de las escuelas católicas diocesanas según el carisma de la Congregación.  Después de muchos años de involucrarme en educación  formal, me sentí el llamado cambiar mi profesión y ser terapeuta familiar; algo que yo he disfrutado esos últimos 15 años de mi vida.  Para mi es otra manera ayudar la gente alcanzar su potencialidad como persona.

Con mis 50 años de edad me sentí el llamado de Dios hacer algo un poco mas drástico con mi vida y pedí la oportunidad servir en una misión en Guatemala.  Desde entonces empezó mi nueva vida en América Latina acompañando los más pobres y necesitados en la sanción de sus heridas emocionales.

No hay palabras de agradecimiento que son suficientes para expresar como me siento por haber sido elegida por Dios ser miembro de esa Congregación. En los bajos y altos, Dios siempre ha sido fiel a mi y me ha dado mas bendiciones que yo podía imaginar.

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